Siete intelectuales frente a un mundo en disolución

HUMANIDADES ANTIHUMANISTAS

Eduardo Subirats

Departamentos académicos de literatura en las que interpretar una obra literaria es irrelevante; facultades psicología que han abandonado las tradiciones fenomenológicas y psicoanalíticas modernas en beneficio de la psicofarmacología y la inteligencia artificial; los institutos de filosofía en los que se ha suplantado la reflexión sobre los grandes sistemas filosóficos del pensamiento y sus vínculos con el pasado y el futuro, por los microanálisis y las epistemes científico-técnicas; departamentos de culturas griega y latina clásicas, y de estudios orientales completamente evaporados; secciones enteras de estudios artísticos y literarios recortadas hasta su completa desfiguración… […]

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UN MUNDO AL REVÉS

Eduardo Subirats

Tus primeros pasos te llevaron al hospital psiquiátrico de la Universidad de Basilea. Querías conocer los misterios de la paranoia, de la escisión psicótica de la persona, de la perdida autista del contacto con la realidad. Pero en Suiza, la psiquiatría inspirada en el existencialismo de Heidegger y el psicoanálisis de Freud y Jung había desaparecido. Y percibiste que el sistema clínico de la nueva psiquiatría era una máquina de manipulación y depresión psicológicas de sus pacientes, a través de los psicofármacos producidos y administrados desde las torres corporativas que flanquean la entrada a la ciudad por el Rin. Abandonaste la medicina. Fuiste un prófugo de los sistemas de control cerebral clínicamente administrados. […]

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Siete intelectuales frente a un mundo en disolución: PRESENTACIÓN

Crisis y Crítica, El Intelectual En La Sociedad Del Espectáculo, es el título que reúne una serie de escritos cortos realizados por pensadores que desarrollan actividades en diversos campos de las ciencias humanas y desde diferentes lugares de América.

Esta es una propuesta de análisis de la realidad contemporánea liderada por el escritor y filósofo Eduardo Subirats. Profesor de NYU en las áreas de literaturas españolas y portuguesas, Eduardo ha estado vinculado con diferentes movimientos sociales y culturales en países de América Latina, y ha sido profesor de programas de estudios literarios y estética en varios países del continente americano.

Pero Eduardo es, además de hombre de una sólida formación y consagrado viajero, un provocador.

Este es tal vez su rasgo más determinante, y es el que ha propiciado la reunión de antiguos compañeros de luchas o de algunos alumnos inquietos, que Eduardo ha ido congregando a lo largo de la proposición enmarcada por el título Crisis y Crítica. 

Alrededor del impulso otorgado por él para emprender el pensamiento de las circunstancias del presente por fuera de las recetas oficiales, este grupo itinerante y cambiante de intelectuales americanos ha asumido un papel incómodo al establecimiento pero ineludible para todo pensador, el de la crítica de las agudas problemáticas de la actualidad.

Estimulados más que dirigidos por Eduardo Subirats, los autores de las disertaciones presentadas en los diferentes encuentros anclan sus visiones del mundo contemporáneo en el proceso de decadencia de la modernidad, hija, heredera y la verdugo de la ilustración, movimiento éste último cultural, científico y social que propició la salida del oscurantismo medieval, y cuyos fundamentos surgieron en Europa, pero se extendieron por todo el orbe a partir del entramado colonial.

A hoy se suman varias reuniones con escenarios diversos a lo largo y ancho del continente. La última cita se dio durante la Feria del Libro de Guadalajara, en donde se congrega una buena parte de la masa crítica de expertos relacionados con la literatura y las humanidades a discutir los temas más diversos, pero en la cual, según los mismos organizadores de la feria, se hacen negocios, muchos negocios.

Este telón de fondo sirvió para que siete intelectuales latinoamericanos -dos brasileros, tres mexicanos, un norteamericano, y el propio Eduardo-, expusieran sus perspectivas con relación a las encrucijadas sociales y los retos planetarios actuales, que se vuelven tangibles en las fronteras de los estados nacionales, aunque estos se encuentren cada vez más desdibujados por el poder del capital financiero internacional.

A partir de esta introducción, estaremos publicando algunos apartes de las intervenciones llevadas a cabo por el grupo de Crisis y Crítica con motivo de su reunión del año 2019, durante la Feria del Libro de Guadalajara.

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CRISIS Y CRÍTICA: EL INTELECTUAL EN LA SOCIEDAD DEL ESPECTÁCULO

Un encuentro itinerante celebrado en la Universidad de Puebla y Guadalajara, y en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, los días 28 y 30 de noviembre, y 2 de diciembre de 2019.

I

KOYAANISQATSI: TIEMPO FINAL

Presentación

Eduardo Subirats (Princeton)

Nuestra conciencia intelectual se confronta hoy con cuatro ineludibles dilemas: (1) la expansión de las guerras locales y regionales bajo la amenaza del holocausto nuclear de la humanidad, (2) el calentamiento global y la destrucción industrial de la biosfera, (3) la desintegración de las democracias en la era del espectáculo, sus populismos y fake news, y (4) la diseminación totalitaria de propaganda y la expansión de los controles electrónicos sobre la existencia humana. Estas cuatro cuestiones son interdependientes y no pueden plantearse por separado.

Quiero citar a dos testimonios del ocaso de la humanidad el día de hoy. El primero es la activista Greta Thurnberg. En su discurso en UN de New York, Greta subrayaba la incomprensión y la pasividad de las políticas mundiales frente al desastre ecológico y humano que significa el calentamiento global: “¿Cómo os atrevéis a desviar la atención del problema y venir aquí diciendo que ya hacéis lo suficiente, cuando las políticas y las soluciones necesarias no se ven en lugar alguno?”

La segunda cita es del chamán Davi Kopenawa Yanomami“La selva está viva. Sólo va a morir si los hombres blancos insisten en destruirla. Si lo consiguen, entonces los ríos desaparecerán bajo la tierra, el suelo se va a deshacer, los árboles morirán y las rocas se resquebrajarán por el calor. Los espíritus xapiri huirán muy lejos… entonces moriremos uno tras otro, tanto los blancos como nosotros… Cuando no quede nadie más vivo para sustentar el cielo, éste se desplomará”.

El Tiempo final es una edad dominada por el miedo. Miedo de la destrucción y de la violencia. Ese miedo expande el silencio. Tiempo final es un tiempo de silencio. Se distingue por la temporalidad negativa del último cuadro y el último libro, del final del arte y la filosofía; se define como posthistoria y postpolítica; es una edad posthumana. También una edad post-intelectual. Una edad muda en medio del griterío de festivales, bestsellers y media stars.

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II

DEL AUTOR COMO PRODUCTOR AL AUTOR COMO PRODUCTO

Aureliano Ortega (Guanajuato)

La actualidad, enferma y decadente, probablemente está sobre diagnosticada; aunque es claro que ninguna de sus reales o presuntas dolencias es objeto de remedio alguno.

Hubo un tiempo en el que la primitiva industria cultural se empeñó en producir “figuras públicas” cuya suma de honestidades o talentos los destacaba del conjunto.

Bajo el nombre de “intelectuales” se les encomendó la salvaguarda pública y solemne de los valores propios de la época. Aunque sería preciso añadir que desde siempre, por provenir de una rama específica de la producción mercantil, se trató de un objeto práctico, de un producto que compartía estructuras y esencias con cualquier otra mercancía: un valor de uso y un valor de cambio.

Queda claro que el valor de uso sacia, en principio, una necesidad natural o cultural; mientras el valor de cambio satisface exclusivamente la necesidad de reproducción del capital.

Con los años, como ha sucedido en el caso de la Star o de la prostituta, ya no es posible discernir qué es lo que en verdad “se vende”; es decir: si la Star de moda o el nuevo Duce intelectual lo son porque el valor de uso de sus “talentos” es verdaderamente notable o, por el contrario, si su valor de cambio solamente reviste la desnudez de aquellos con la condición de un fetiche objeto de deseo (como la Star).

¿Qué hace “fenómenos de librería” a mamarrachos que la industria cultural nos presenta como autores/star: el valor de uso de la mercancía libro que acaban de  poner en el mercado o el valor de cambio de la mercancía autor que el conjunto de las industrias culturales (incluida la FIL) hace objeto de su agenda de ventas?

Aunque tal vez eso finalmente ya no importe, a condición de que el ciclo se cierre en cuanto se alcance una cuota razonable de “capital incrementado”, ya sea por la vía de vender libros o por el no tan novedoso, pero sí muy rentable, negocio de vender “autores”.

¡Ah! Pero los señores intelectuales —cuya pública deshonestidad ya no conserva “ni el último velo del pudor”—, no se contentan con vender muchos libros, no se limitan a venderse ellos mismos a través de una densa maya de mensajes propagandísticos; crean “corrientes de opinión”, anatematizan o pontifican; como un segundo dios separan la luz de las tinieblas, lo bueno de lo malo; condenan, por motivos diversos a Maduro, mientras queman incienso a Bolsonaro…

Quizá los intelectuales contemporáneos no sean culpables de una “obscena ausencia” sino de una presencia trágica. Porque con la incontenible profusión de detritus que genera su mediática y mercantil figura ilustran, como nadie, la enfermedad del mundo.

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SUBIRATS Y UNA DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS

Lo primero que tengo que subrayar es que los encuentros que hemos organizado en Puebla y Guadalajara, con el título “Intelectuales en la sociedad del espectáculo” es la continuación y la consecuencia de Circuit Circus, Circos, intelectuales y payasos, que deambuló de Bogotá a Lima, y de Bucaramanga a Santiago de Chile hace dos años.

Aquel vagabundeo reunía una florida serie de presentaciones que tenían por telón de fondo una protesta contra la degradación de la enseñanza humanista y su representación culminó con una declaración filosófica: “Esclarecimiento en una edad de destrucción”, y un homenaje a César Lévano, un distinguido escritor y militante comunista peruano, que entre tanto ha fallecido.

Ahora, en México, queríamos poner de manifiesto el vacío intelectual, la ramplonería comercial, y el comadreo, la adulación y la estulticia por parte de los administradores de este festival de Guadalajara.

Y queríamos  hacer énfasis en algunos puntos calientes del panorama planetario: la violencia de las guerras globales que expanden los Estados Unidos de América y la violencia local en Méxicola guerra genocida que el presidente de Brasil ha declarado contra la selva amazónica y contra la cultura intelectual esclarecida del país, y la estupidez en la que está sumida la agonía académica en América Latina.

Esos fueron los temas.

Nos reunimos en dos ciudades. Nuestra cita primera, y la más intensa intelectualmente, tuvo lugar en un seminario de filosofía de la Universidad de Puebla, el día 28 de noviembre de 2019. De ahí nos trasladamos a Guadalajara. El pretexto de la discusión sobre la precariedad intelectual del mundo de hoy era la presentación de mi libro Crisis y crítica en la Feria Internacional del Libro.

Indirectamente era también una llamada a la revista electrónica del mismo título que publicamos en el Centro Virtual Isaacs, dependiente de la Universidad del Valle, gracias a una iniciativa de Dario Henao.

A la presentación asistieron un centenar de personas y hubo una interesante discusión.

En los días siguientes, hubo un segundo debate en dos presentaciones de la cuarta edición de El continente vacío.

La primera tuvo lugar en los salones de la FIL y presentó el libro el escritor mexicano Fernando Solana. La segunda tuvo lugar en el salón de actos del Hotel Hilton, adjunto a los espacios de la FIL. Asistió un nutrido público de estudiantes, por lo menos había unos trescientos, y el ambiente era bastante agitado. Sin embargo, tras las primeras presentaciones, la conversación derivó en un cruce de banalidades entre un positivista francés que defendía las micropolíticas y los microanálisis, y una profesora mexicana que no paraba de repetir los lugares más comunes sobre la Malinche.

Cerré la presentación con un gesto malhumorado en defensa de una reflexión rigurosa sobre el colonialismo ayer y hoy.

Y esto es todo por ahora. Nuestra próxima parada tendrá lugar en  São Paulo, con escala en Cali si esto fuera posible. El problema que plantearemos será el mismo: qué hacen los intelectuales frente a la sucesión de catástrofes ecológicas, la expansión de los conflictos militares, y la regresión del sistema democrático en manos de la incompetencia, el cinismo y la barbarie.


Siete intelectuales frente a un mundo en disolución: TIRANÍA DE LA IDIOTEZ

Continuando con el recuento de las intervenciones del grupo de Circuit Circus, reunido bajo el estímulo del intelectual Eduardo Subirats, esta vez en el marco de la Feria del Libro de Guadalajara, el profesor de lenguas y literaturas romances, germánicas y eslavas del Columbian College of Arts and Science de la Universidad George Washington, Christopher Britt, reflexiona sobre la profundización de los gobiernos autoritarios a lo largo y ancho del mundo contemporáneo, haciendo énfasis en la co responsabilidad de los así gobernados quienes, colaborando más que sometiéndose a la égida del tirano, proporcionan la contraparte funcional para que estos regímenes puedan prosperar y extenderse mundialmente.

En este proceso resalta el ensayista el rol desempeñado por los medios masivos de comunicación y la manipulación digital a través del big data, los cuales han venido a perfeccionar el proceso de alineación y de privatización que ha abarcado incluso las esferas de las actividades más privadas, fomentando una hiper individuación (rasgo preeminente de la sociedad moderna en tiempos del capitalismo financiero internacional), que ha llegado incluso a separar a los sujetos en su propia integridad destruyendo de esta manera, en el mediano plazo, su psiquis.

Llevándolos a un estado de enajenación que ha vuelto obsoletos los antiguos esquemas de vigilancia y control, como lo relata lúcidamente el filósofo coreano Byung-Chul Han, los encargados de ejercer la dominación global cuentan hoy con la colaboración entusiasta de los individuos, quienes de manera perfectamente alineada con los intereses del sistema productivo en virtud de su precaria conciencia crítica y en la búsqueda de las supuestas realizaciones personales que promete el sistema como recompensa, se someten a las demandas del poder en estado de completa alegría y docilidad.

A continuación, apartes de la intervención del profesor Britt. Para quienes deseen leer el ensayo completo, pueden encontrarlo en el siguiente enlace: clic aquí 

III


TIRANÍA DE LA IDIOTEZ

Christopher Britt (Washington D. C.)

1

El hombre privatizado

No hace falta ser un vidente para vislumbrar las últimas consecuencias de la crisis por la que están pasando las democracias hoy en día. Desde Putin en Rusia a Maduro en Venezuela, y desde Trump en los Estados Unidos a Bolsonaro en Brasil, la tendencia viene siendo la misma: los gobiernos democráticos, ya sean de orientación izquierdista o derechista, se están confundiendo cada día más con las estrategias autoritarias y abusos sistemáticos del totalitarismo. Pero para comprender la estructura general de estas tiranías populistas, no basta con solo observar cómo, mediante la coerción y opresión, los tiranos se sostienen en el poder.  También debemos reconocer que la persistencia de estas tiranías se basa en la idiotez.

Idiotez, no tanto en el sentido contemporáneo de la palabra, que usamos para designar a los imbéciles, sino más bien en el sentido que los griegos de la era clásica daban a esta palabra. Para ellos, el idiota era un hombre que había sido excluido de la vida política por haber puesto sus propios intereses por encima del bien común de la polis.

El idiota es, en­­­­­­ este sentido, un hombre despolitizado. Su vida ha sido relegada al ámbito de la domesticidad, donde puede dedicarse únicamente a la búsqueda de una felicidad frívola y trivial. En este sentido, el idiota no es meramente un hombre despolitizado sino también un hombre que ha sido plenamente privatizado.

Es, en última instancia, un ser enajenado de sí mismo, de los demás, y del mundo al que debería pertenecer.

2

La servidumbre voluntaria

Sin lugar a dudas, la manera más decisiva de explicar por qué los idiotas regalan su soberanía a los tiranos es la noción de la servidumbre voluntaria, debida a La Boétie. Según él, los idiotas perciben la tiranía, no como una ocasión para la degradación sadomasoquista, sino más bien como una oportunidad para demostrar su amistad, su lealtad, y su amor.  Para ellos, el tirano es un amigo.

Pero el problema con esto, según La Boétie, es que el tirano vive aislado de los demás y se encuentra más allá del límite de la amistad. Los idiotas entran en un estado de servidumbre voluntaria porque confunden lo que ellos perciben como la integridad de la amistad con lo que el tirano percibe como la intimidad que nace de ser cómplices.

Esta equivocación tiene consecuencias bastante nefastas. De allí que los idiotas exhiban algunos de los signos de mutilación psicológica, emocional, intelectual y moral que generalmente se encuentran entre aquellos disidentes que la tiranía ha querido castigar, sometiéndoles a los rigores del desplazamiento forzado, la censura, la tortura, y la esclavitud.  Al igual que estas víctimas de la crueldad tiránica, los idiotas acaban siendo divididos, no solo entre sí, sino también dentro de sí mismos. 

A la larga, la tiranía acabará pulverizando su psiquis.

Pero en el momento en que los idiotas renuncian a su soberanía y reconocen al tirano como el único soberano, ellos no sospechan el provenir tan desdichado que les espera. Más bien intentan “escaparse de la libertad”, como diría Fromm, y dedicarse exclusivamente a su propio bien estar. Lo que más temen y resienten es la conciencia vigilante, la preocupación constante, la ansiedad y el estrés asociados con el autogobierno, la madurez, y el esclarecimiento.

Como un rebaño de ovejas infantiles, quieren un pastor que les proteja de los lobos, para que puedan seguir disfrutando de su pretendida inocencia infantil. En este sentido, los idiotas son los no esclarecidos, aquellos que, como los define Kant, existen en un estado perpetuo de “inmadurez auto-impuesta”.

3

El estilo paranoico y la cultura del fragmento

Celosos de su poder y prosperidad, tanto los tiranos como los idiotas comparten, temen y odian a un mismo enemigo: las multitudes que también quieren ejercer la soberanía o, cuando menos, disfrutar de la seguridad y prosperidad.  Ellos comprenden que esas multitudes representan una amenaza. De allí su temor. De allí también su odio. Esta mezcla de temor y odio une la tiranía a la idiotez con la fuerza dialéctica de un delirio paranoico. Y esta paranoia es, a su vez, el modelo preciso del poder político moderno: es decir, de un poder que, según el análisis de Canetti, se alimenta de las multitudes y deriva su sustancia de ellas.

Esto implica el uso de dos multitudes distintas, que el tirano enfrenta entre sí.

En primer lugar, está la multitud formada por los aparentes enemigos del tirano. Contra ella, el tirano moviliza a la segunda multitud. Esta consiste en las masas idiotizadas que comparten con el tirano su odio y temor. Como observa Hofstadter, este estilo paranoico en la política es la expresión de “mentes irritadas”, cuya propensión a la “exageración acalorada, la suspicacia y la fantasía conspirativa” ayuda a mantener la ilusión de que el delirio paranoico compartido por el tirano y sus idiotas se basa en la realidad.

La propaganda y los medios de comunicación ayudan a sustentar este delirio paranoico. Por supuesto, la propaganda, tal como la conocemos hoy, no se limita en modo alguno a la política. También hay formas comerciales y culturales de propaganda, que ayudan a crear la ilusión de que en el estado privatizado y despolitizado en el que viven, los idiotas son libres de elegir entre un programa de noticias y otro, una marca de pasta de dientes y otra, un candidato a la presidencia u otro.

Hoy en día, prácticamente todas las personas tienen acceso a una computadora portátil o un teléfono celular; como resultado, tanto la vigilancia política como la manipulación comercial han crecido hasta el punto en que el deseo tiránico por la dominación total está prácticamente al alcance de la mano. En este sentido, los idiotas de hoy viven en una “sociedad del espectáculo”, como diría Guy Debord.

El espectáculo es una realidad virtual totalizadora que, como argumenta Zuboff, ha devenido en una nueva época del capitalismo global: el “capitalismo de vigilancia”.  De lo que se trata es la recopilación de la información personal de los usuarios de plataformas como Google o Facebook que es luego empaquetada para venderla al mejor postor: ya sean empresas de publicidad, gobiernos, o redes criminales.

Lo decisivo en esta nueva fase de explotación capitalista es que, más allá de escavar las vidas íntimas de sus usuarios, estas corporaciones buscan moldear, dirigir y controlar el comportamiento de las masas idiotizadas: es decir, buscan trasladar el control total sobre la producción, que caracterizó la era del capitalismo industrial, a todos los aspectos de la vida cotidiana.

4

La destrucción de la democracia

Fue Tocqueville quien, más que cualquier otro teórico de la tiranía, supo identificar la idiotez como el verdadero sustento de la tiranía y la fuerza más destructiva de la democracia moderna.

La idiotez, según Tocqueville, es el resultado de un soborno. A cambio de la prosperidad, las masas aceptan la imposición de un régimen de seguridad que impone restricciones indebidas a sus libertades civiles y políticas. Satisfechas con una vida de consumo y felizmente aliviadas de las cargas del autogobierno, las masas idiotizadas crean sus propios tiranos.

La fuerza de esta tiranía no se deriva, principalmente, de la imposición violenta de la voluntad del tirano, sino más bien del bienestar material que la tiranía promete proporcionar.

Insidiosamente, la idiotez impone una servidumbre encantadora: una tiranía que agrada, a la medida que degrada.

En última instancia, personas que tienen un potencial inmenso para perfeccionar sus vidas y alcanzar tanto la madurez intelectual como la autonomía política eligen más bien ocuparse de los pequeños placeres de sus vidas profesionales y privadas. 

De hecho, el desarrollo de esta tiranía de la idiotez ha significado el deterioro del autogobierno republicano y la convergencia gradual pero persistente de la democracia moderna con las tendencias autocráticas, populistas y totalitarias de nuestra época.


Siete intelectuales frente a un mundo en disolución: ANDRÉ CECHINEL: BOLSONARO, EL PODER Y LA APOLOGÍA DE LA IGNORANCIA

André Cechinel es Doctor en Literatura de la Universidad Federal de Santa Catarina. Ha hecho parte de las reuniones de intelectuales citadas por el escritor Eduardo Subirats, agrupadas bajo el nombre de Circuit Circus e igualmente reunidas por la consigna y la publicación Crisis y Crítica.

Con ocasión del reciente encuentro durante la Feria del Libro de Guadalajara, André reflexiona sobre la actual situación de Brasil, país donde trabaja como profesor de literatura, y donde ejerce su actividad como intelectual.

Apela para ello a los discursos de los ministros del gobierno Bolsonaro, para dar cuenta de una ideología puesta al servicio de la acción política, que de una manera fuerte basa sus argumentos en afirmaciones seudo científicas, y que ataca de manera directa a las humanidades como fuente de un saber que enriquece el debate público y fortalece la convivencia democrática.

Finalmente, reflexiona sobre los puntos que, a su juicio, han impedido la participación de la universidad y de la intelectualidad brasileña en los acontecimientos que están arrasando hoy con la cultura letrada y las ciencias humanas como base del pensamiento crítico.

Una especie de desmembramiento o fragmentación radical del conocimiento, la super especialización de las áreas de estudio, la ausencia de tiempo para reflexionar sobre problemas complejos, sometidos como estamos todos hoy día a las tiranías del clic y de la respuesta rápida en redes sociales, a temas tan efímeros como escandalosos.

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IV

BRAZIL: LA VIE EN ROSE

André Cechinel (Curitiba)

Me gustaría agradecerles por la oportunidad de hablar en este encuentro itinerante sobre lo que está sucediendo hoy en Brasil después de poco más de diez meses de gobierno de Bolsonaro. Desgraciadamente no puedo acudir a su invitación porque lo primero que ha hecho este gobierno ha sido ahogar económicamente a las universidades e impedir, entre otras cosas, la movilidad de sus profesores.

A pesar del panorama político profundamente complejo en Brasil, no es difícil entender el alcance de la destrucción que se deriva de las acciones tomadas por el gobierno, tanto en la esfera intelectual como en la esfera pública, y en las políticas más específicas relacionadas con la economía, el medio ambiente, las cuestiones étnico-raciales y el vaciamiento del concepto de democracia.

Para dar la dimensión de pobreza política de nuestro tiempo nada mejor que comenzar con algunos de los discursos de los ministros de Bolsonaro, discursos que indican la reducción del concepto de política a la esfera del mismo espectáculo que este congreso itinerante trata de discutir.

Damares Alves es Ministra de Mujeres, Familia y Derechos Humanos y también pastora evangélica. Mientras celebraba la victoria del nuevo gobierno y la nueva política, Damares pronunció la siguiente frase en claro ataque a los problemas de género: “la nueva era ha comenzado, y ahora el niño viste de azul y la niña viste de rosa”. Además de las constantes críticas al evolucionismo y defensa de la enseñanza “desde una perspectiva cristiana”, hay otro hecho curioso sobre Damares: después de presentarse a menudo como una maestra se descubrió que en realidad carecía de su titularidad.

En su defensa, esta ministra afirmó que ella solo respetaba “el ministerio de maestros desde la perspectiva cristiana”.

Ricardo Salles es Ministro de Medio Ambiente. Además de relativizar los fuegos intencionales de la selva amazónica acusó al recolector de caucho Chico Mendes, uno de los principales ambientalistas brasileños del siglo XX, (asesinado en 88) de ser una figura oportunista e irrelevante. “Los ambientalistas más izquierdistas lo elogian. ¿Qué importa quién es Chico Mendes ahora? ”

Ernesto Araújo, Ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, afirmó de Donald Trump: “Solo un Dios podría salvar a Occidente, un Dios que opera para la nación, incluyendo, y quizás principalmente la nación estadounidense. Heidegger nunca creyó en Estados Unidos como portador del rayo de Occidente. […]. Quizás Heidegger cambiaría de opinión después de escuchar el discurso de Trump en Varsovia, y notaría que solo Trump puede salvar a Occidente”.

Araújo, además de negar el calentamiento global y la destrucción programática de la naturaleza por el capitalismo contemporáneo, critica el globalismo.

“Quiero ayudar a Brasil y al mundo a liberarse de la ideología globalista. El globalismo es la globalización económica que el marxismo cultural ha puesto a prueba. Es esencialmente un sistema antihumano y anticristiano. La fe en Cristo hoy significa luchar contra el globalismo, cuyo objetivo final es romper la conexión entre Dios y el hombre, haciendo al hombre esclavo y a Dios irrelevante.”

El gurú de Araújo, que vive en los Estados Unidos, alimenta la tesis de que la tierra es plana, una tesis que cada vez tiene más fanáticos en Brasil.

Sérgio Moro, ministro de justicia afirma: “Estoy absolutamente tranquilo sobre mi conducta como juez. Hubo aplicación de la ley imparcial en casos graves de corrupción y lavado de dinero”.

Recuerden que Sérgio Moro fue precisamente el ministro que, a través de la operación Lava Jato, llevó a cabo la investigación contra el candidato presidencial, Lula, a quien le impidió participar en las elecciones, precisamente porque estaba adelante en las encuestas. Muchos analistas entienden el ministerio otorgado a Moro como una recompensa por el arresto de Lula.

Este mismo juez sugirió no investigar al ex presidente de la república, Fernando Henrique Cardoso, porque no quería molestar a alguien cuyo apoyo era tan importante.

Para finalizar esta lista provisional, me gustaría mencionar algunos discursos del Ministro de Educación, Abraham Weintraub, para presentar el argumento que pretendo defender aquí, a saber, que hay un programa continuo de destrucción de las humanidades en Brasil, en particular de las disciplinas de historia, literatura, sociología y filosofía. Frases de Weintraub: “Las universidades que, en lugar de tratar de mejorar el rendimiento académico, están haciendo desorden, tendrán fondos reducidos”.

Para Weintraub, por supuesto, el centro de lo que él llama desorden se encuentra en las humanidades. “Las ciencias sociales … las humanidades generan muy pocas publicaciones con impacto científico. … ¿Dónde están las becas? Precisamente están en las áreas que no generan producción científica”.

Este es el escenario en Brasil hoy.

Sin embargo, la imagen caricaturesca y un tanto decadente de estos ministros expone la miseria política e intelectual en la que vivimos: el vaciamiento de la categoría de “verdad”, la indiferencia ante la naturaleza, la propaganda como modo de gobierno, la eliminación de cualquier cosa que no genere ganancias inmediatas, el dogmatismo, el rechazo de la ciencia en un sentido fuerte en nombre de un concepto puramente tecnocientífico de la ciencia, el control electrónico, el uso violento de las redes sociales.

Todo esto nos ha traído a este momento.

Como dije, creo que estamos viviendo un proceso de destrucción de las humanidades, incluso con la reducción de la figura del intelectual a simple administrador de su microempresa de artículos.

Sin ninguna vergüenza, en el campo de la educación, se anuncia la irrelevancia de la sociología, la historia, la filosofía y la literatura.

En palabras del ministro, “En lugar de que las universidades en el noreste hagan sociología, filosofía en la naturaleza, deberían hacer agronomía en asociación con Israel”. “¿Puedes estudiar filosofía? Puedes (pero) con tu propio dinero”.

Jair Bolsonaro, por supuesto, respalda la evaluación del ministro. Estas son sus palabras: “El Ministro de Educación está estudiando la descentralización de la inversión en facultades de filosofía y sociología… El objetivo es enfocarse en áreas que generan un retorno inmediato para el contribuyente, como veterinaria, ingeniería y medicina “.

Hay dos palabras que circulan en la universidad brasileña como mantra: innovación y emprendimiento. Es a partir de la fetichización de estos dos conceptos que el gobierno lanzó el programa “Future up” para las universidades públicas. En pocas palabras este programa tiene como objetivo ampliar las fuentes de financiación para las universidades públicas en asociación con organizaciones privadas. Los conceptos de innovación y emprendimiento, por supuesto, tienen que ver con la expansión de los recursos en las llamadas ciencias duras. Y eso solo significa que las humanidades son una parte desechable, un resto no deseado de universidades.

Los títulos universitarios en Brasil, que son responsables de la formación del profesorado para el ingreso a la profesión docente, migran a la empresa privada y, en particular, a la educación a distancia.

Pero “educación” no es una palabra importante para este gobierno. Por el contrario, es un término llamado a ser suprimido y reemplazado por un tecnicismo. En un evento en septiembre de este año, el Ministro de Educación emitió críticas contra el uso del término educación con el siguiente argumento: “El problema comienza aquí, en la palabra educación”. Se necesitaría “Un cambio de mentalidad, una nueva forma de pensar sobre la enseñanza”. Después de todo, “el educador es la familia. Nosotros enseñamos, enseñamos a leer, enseñamos un oficio “.

Ahora deseo pensar en tres problemas; tres puntos que, en mi opinión, han neutralizado una mayor participación orgánica de las universidades e intelectuales brasileños en lo que está sucediendo hoy.

Huelga en Brasil tomada de Prensa Latina.

El primer punto que quisiera destacar se refiere al uso de las redes sociales como un espacio fundamental para el debate político y público. Creo que, por la naturaleza de estos medios, lo que ha estado sucediendo en Brasil es una vulgarización del debate, una infantilización intelectual de los docentes, una pérdida de densidad analítica en nombre de la participación “en tiempo real”: respuestas rápidas y automáticas a estímulos o problemas que se reemplazan constantemente para evitar la densidad del pensamiento.

En pocas palabras, es un falso sentido de participación y compromiso político.

Bolsonaro fue elegido, como se sabe, a través de noticias falsas que circularon frenéticamente a través de WhatsApp, Facebook, Twitter, y sus contrapartes. Intentar contrarrestar el imperio de las noticias falsas debe significar, me inclino cada vez más a pensarlo, una densificación de la reflexión y del debate público, y un programa de formación cultural con un carácter permanente.

Segundo punto: como en el caso del uso de las redes sociales, veo con pesar la consolidación del artículo científico como un mecanismo esencial de las publicaciones académicas, en detrimento de la larga historia que tuvo el ensayo a lo largo del siglo XX en Brasil y en el mundo. Hoy el ensayo está prácticamente prohibido en la universidad. En su lugar, se adopta un artículo científico con un formato rígido y una circulación restringida.

La figura histórica que corresponde al artículo como género es la del experto: contrario a los debates más amplios, el experto produce autogestión a partir de investigaciones muy particulares y un vocabulario especializado que permite el diálogo solo entre iguales, entre los llamados “pares”.

Si el ensayo está relacionado con la apertura y, por lo tanto, con el debate público, el artículo produce el cierre característico del tiempo presente y el monólogo infinito e improductivo al que gradualmente nos acostumbramos a la universidad.

Finalmente, siento cada vez más que los sueños más optimistas de los llamados postestructuralistas y su política de celebrar la multiplicidad se realizaron en una especie de versión distópica invertida: los conceptos posmodernos celebrados en las décadas de los 70, 80 y 90, e incluso hoy en día, podrían aparecer como lemas publicitarios de corporaciones como McDonald’s, Coca Cola, Apple, etc. Parece, de hecho, que los signos son arbitrarios, no significan nada en sí mismos, que no hay nada fuera del texto.

El problema es que estos signos sin referencia fueron apropiados por el neofascismo contemporáneo en forma de un profundo vaciamiento conceptual de categorías políticas como la democracia, la verdad, la libertad, etc.

Esta política de la multiplicidad tiene su contraparte académica en la proliferación de campos de estudio según objetos cada vez más particularizados: “estudios culturales”, “estudios poscoloniales”, “estudios de género”, “estudios animales”, “estudios queer”, “estudios urbanos”, “estudios post-humanos “, “estudios de discapacidad”, “estudios de imagen”, etc. en un esquema que puede repetirse ad nauseam.

Eso parece atender más a los terrenos de la moda que a la necesidad del debate científico o la esfera pública.

A veces hay una sensación de experimentar algo similar a esa famosa historia de Titanic: los músicos tocan sus últimas canciones de manera dedicada … para apaciguar a los pasajeros de un barco que naufraga.


Siete intelectuales frente a un mundo en disolución: LA VIOLENCIA COMO FORMA EXTREMA DE LA NEGACIÓN

Arturo Aguirre es Doctor en Filosofía de la Universidad Autónoma de Puebla. En esta ocasión ha reflexionado sobre la violencia en México, y la negación de los intelectuales a considerarla como un conflicto bélico o de Estado. Igualmente, la ausencia de estos pensadores al momento de asignar categorías teóricas que arrojen luces sobre estos penosos hechos.

En su ensayo, preparado con ocasión de la reunión en Guadalajara de los intelectuales agrupados bajo la consigna de Crisis y Crítica, y del Circuit Circus del escritor Eduardo Subirats, nos ofrece su visión que resalta la figura del periodista, aquel que en el ámbito de la más extrema violencia que ha asolado al país mexicano durante las últimas dos décadas, se ha elevado por encima de la inteligencia letrada del país haciendo gala de su valor para ser él quien, en casi total soledad, ha dado cuenta de cómo se ha arrasado con amplios grupos de la población del país del norte.

V

EL INTELECTUAL IMPERTINENTE

Arturo Aguirre (Puebla)

Los habitantes de México nos encontramos en una situación de emergencia humanitaria bajo el signo de la violencia y el daño, que en poco más de 12 años de conflicto se ha incrementado en el número de homicidios, intensificado en cualidad de crueldad aplicada a una diversidad creciente de víctimas, así como extendido espacialmente por el territorio mexicano.

Conflicto, o mejor dicho, constelación de conflictos fratricidas que se despliegan de manera inédita, en secuencias de mutaciones, combinaciones y fragmentaciones, muchas veces aleatorias e inesperadas, cuya fisonomía se comienza a perfilar en un proceso de violencia eliminacionista como práctica social, a partir de las formas de la legitimación y o normalización a través del consenso y las consecuencias que produce, no solo en los grupos victimizados –muertos o  sobrevivientes, víctimas directas o indirectas–, sino también en los mismos victimarios y testigos, que ven modificadas sus relaciones sociales, a partir de la emergencia de la eliminación.

En este sentido, el eliminacionismo en México, se evidencia en las violencias feminicidas, infanticidas y juvenicidas, en un proceso de muerte y desaparición innegable en los más de 40 mil desaparecidos, entre los que debemos reconocer a los más de 4 mil niños sin localizar, así como en los más 250 mil muertos, las más de dos mil fosas clandestinas, el desploblamiento de más de 691 municipios a causa del desplazamiento forzado por la violencia y el incremento de buscadores de desaparecidos  quienes rasguñan el suelo mexicano para localizar a sus familiares.

Todas estas prácticas eliminacionistas ante un Estado mexicano que -cuando no es agente directo de violencia a la población- es un ente rebasado en sus capacidades de acción e institución, para lo cual ha tenido que implementar tecnologías del afecto para la administración del miedo a través de la espectacularización de la violencia y la criminalización de las víctimas.

Hoy los muertos en México desbordan los refrigeradores de las morgues, los cuerpos en muchas escenas se cuentan por pedazos, las masacres se incrementan como estrategia comunicativa entre grupos delictivos, la desmesura e incapacidad de las agencias ministeriales así como de los juzgados hacen de la impunidad la constante; el sistema penitenciario y las capacidades de punición son lo que siempre han sido en ineficiencia.

Entre toda esta necroescena mexicana, convocada bajo los más diversos neologismos como narcoviolencia, necropolítica, capitalismo gore, horrorismo y más, resalta para nuestra discusión de hoy, primero la ausencia, después la renuencia y finalmente la impuntualidad de la intelligenzia filosófica mexicana.

Cabe reconocer que ha sido el investigador periodístico el que ha cargado sobre sus hombros la tarea de seguimiento en estas espirales de violencia. Las cifras de periodistas asesinados que hacen de México el país más letal del mundo para este oficio son prueba ineludible de ello.

Ante la falta de información gubernamental clara y oportuna, indispensable como basamento de cualquier democracia, sobre los entrecruces de la delincuencia organizada, ha sido el periodista el que nos ha permitido conocer desde un inicio lo que la violencia hace. Puesto que aquellos que debíamos comprender lo que la violencia es, nos replegamos a la seguridad intramuros de los campus y edificios universitarios, suponiendo que aquello terminaría apenas había comenzado.

En diciembre de 2006, en la declaratoria del conflicto, unas voces discutían tímidamente en medios de circulación nacional, que el concepto de “guerra contra el narco” era incorrecto pues no se trataba de dar batalla a un ejército regular. El enfoque de la relación entre violencia y seguridad nacional no previó lo que estaba por venir: las dimensiones de sufrimiento social que hasta hoy no logramos comprender, sumergidos en un conflicto in activo de alta intensidad, que ¡lo ¡que son las cosas! tiene las dimensiones de un conflicto bélico como el de Sirio o Afganistán, es decir, un país en guerra por los daños a la infraestructura institucional, los desplazados, los asesinados, los niños desaparecidos, y poco más de lo ya mencionado.

Un racimo de sociológos, politólogos y antropólogos fueron quienes, ya sea por vocación propia de su disciplina o por lo excepcional del conflicto que se daba en México, tomaron la iniciativa entre 2007 y 2011 para pensar -con herramientas teóricas austeras las más de las veces, como conceptos de violencia de Estado, o represión- ante una realidad que exigía trascender los umbrales de lo conocido.

El rastreo mínimo en los ficheros permitiría entender que en aquellos años la población filosófica en México (casi toda agrupada bajo la universidad pública) continuaba, en su generalidad, con la normalidad de sus preocupaciones cotidianas de investigación documental, revisión, transmisión, repetición, y a veces de sucursalismo y despreocupación por la realidad social mexicana, bajo el resguardo de la abstracción, teorización y metodologías de rastreo histórico de huellas.

Ni siquiera cuando se convocó al magno y multitudinario congreso de la Asociación Filosófica de México en octubre de 2011 bajo el título de “Razón y violencia” los congresistas supieron qué hacer ante los feminicidios de ciudad Juárez, que solamente en el 2010 reportó 300 carpetas de investigación, ni ante la innegable realidad de fosas clandestinas que comenzaba a despuntar como modo de operar para desaparecer los cuerpos victimados.

2011 implicó en México el punto de no retorno de la emergencia humanitaria aquí pergeñada. De ahí en más, los índices de violencia homicida dolosa trascienden los números del mes anterior, del año anterior. El mes más violento, el año más violento, son parte del mantra espectacular de los medios de comunicación masiva.

Desde el rampante 2011 quedó claro que la relevancia de las investigaciones filosóficas debería contrastarse con la pertinencia investigativa de una realidad sociopolítica interpelante y la capacidad de respuesta social de la universidad pública en México.

Lo más extraordinario del 2011 al 2018 fue que a la renuencia ante el problema se sumó la negación y la minimización de los hechos.

Los intentos por pensar la violencia y el daño en México por un reducido número de filósofas y filósofos, encontró la mayor oposición en el propio gremio que se rehusaba a reconocer las dimensiones de terror, así como las exigencias por repensar el cuerpo y las corporalidades, los muertos y la muerte (orgánica, ontológica, cultural y políticamente enfocada), las especialidades y el frontal debate de espacios de conflicto, terror y dolor con el concepto hegemónico de espacio fisiográfico.

Enfaticemos, entonces, que ha sido la realidad y la cifra lo que ha confrontado a la ausencia, renuencia e impertinencia temática de la filosofía hecha en México.

Entretanto, arribó a México el extractivismo académico que se ha deleitado con la narcocultura, los análisis del narcorrido, las conclusiones fáciles de la muerte como inercia cultural de los mexicanos (para lo cual apuran a afirmar el culto a la santa muerte, Martín Malverde o los sacrificios mexicas).

Investigadores provenientes de las más variopintas academias de países híperindustrializados, en los que sus realidades sociales o bien los hastían o el terruño de sus problemas está demasiado explotado por sus colegas en mejores posiciones universitarias: Entonces llegan para recuperar los datos en este laboratorio de crueldad que es México, folclorizan o tergiversan, y en todo caso producen artículos académicos de impacto que pocas veces esclarece las dimensiones del sufrimiento, las intensidades del daño y las alteraciones sociopolíticas y culturales de los vivos entre los vivos y de los vivos con los muertos.

Pero, ¿a los profesionales de la filosofía, aquellos que se dedican a esta disciplina y viven de ella en las universidades y centros de investigación les será posible mantener la asepsia de la razón, la pulcritud de la teoría ante un conflicto creciente, aleatorio y sanguinario? ¿Con cuáles categorías y conceptos les será posible cuestionar una realidad poliédrica y convulsa? ¿Qué criterios tienen a mano o cuales pueden crear para llevar a cabo la crítica de la política, justicia e historia, en un país con más de dos mil fosas clandestinas?

¿Relevancia científica o pertinencia investigativa lograrán encontrarse, confrontarse, o serán los paradigmas científicos y sus comunidades del saber los que mantendrán las cúpulas del poder bajo el sello de la sucursal académica, con el auspicio de las agencias de cooperación internacional de países que mantienen una colonización cultural que se intensifica entre jóvenes investigadores acomplejados y reticentes a su propia condición de ayer y hoy?

Tal vez nos ha faltado tradición; tal vez todo esto nos ha desbordado, quizá estamos en el impacto y parálisis frente a los niveles de destrucción inesperada que día con día se despliega entre la violencia en masa, eliminacionista, y las figuras espectrales de las instituciones universitarias y el Estado en su conjunto; tal vez nos falta la tranquilidad en medio de tanta devastación; tal vez y solo tal vez estamos ante el intelectual impertinente en un país con más de dos mil fosas clandestinas.


Siete intelectuales frente a un mundo en disolución: LA BESTIA QUE SE DEVORA A SÍ MISMA

Continuando con las entregas sobre Crisis y Crítica, y el grupo de intelectuales de reunidos por el escritor Eduardo Subirats bajo el nombre de Circuit Circus, presentamos ahora un ensayo escrito por Samuel Kruchin. Samuel es arquitecto, sus primeros trabajos datan de la década de los años ochenta del siglo anterior, y ha desarrollado diferentes proyectos de urbanismo y conservación arquitectónica; entre ellos recientemente una biblioteca para la Capobianco House en São Paulo.

En esta ocasión Samuel nos habla sobre la propuesta antropofágica de Oswald de Andrade, y su particular ser o no ser (Tupi, o no Tupi), y hace un recorrido por diferentes momentos del desarrollo de la intelectualidad brasileña en función de esta postura de la antropofagia, todo ello asociado a las etapas que ha ido siguiendo en este país la modernidad.

La conclusión nos deja enfrente a un escenario desconcertante, el de la autofagia. En este mundo contemporáneo de la sociedad del espectáculo y de la hiper individuación, la antropofagia se ha transformado en autofagia. No se trata de ya de devorar al otro, ahora nos compartamos tal vez como aquella serpiente mitólogica, el ouroborus, ensimismados como estamos en la contemplación de nosotros mismos.

VI

AUTOFAGIA: DE LA DEVORACIÓN AL DELIRIO

Samuel Kruchin (São Paulo)

Manifiesto antropófago: una idea explosiva incendia la inteligencia moderna brasileña desde hace un siglo, la antropofagia. Un proyecto de emancipación, un legado crítico.

Antropófagos, siempre lo hemos sido, nueva la conciencia y el sentido: la deglución del otro, no de cualquier Otro, sino del que ejerce el poder de someter y establecerse como un lugar hegemónico, como también del que trae consigo un valor, un espíritu capaz de ganarse el mundo. Lo extraño que se entraña y se suma a nuestra propia fuerza, amplificándola.

Cocinarlos, comerles la carne, conlleva una doble operación: incorporar la fuerza y alejarse de la sujeción en la constitución de una geografía interna, un reconocimiento, una identidad. Simultáneamente afirmación y negación.

Antropofagia (1929). Tarsila do Amaral.

 “Tupi or not tupi, that is the question”. La paráfrasis de Oswald de Andrade presenta la cuestión de lo esencial, ser o no ser, refleja la encrucijada, la ruptura, la posibilidad de invención, de construirse como un proyecto. También indica la posibilidad del no ser, de permanecer sin forma. Por lo tanto, constituirse es producirse como una reinvención del otro, de las fuentes culturales de origen.

De esta forma, utilizamos nuestras clavas para producir literatura, arquitectura, teatro y una arqueología de nuestra formación, lo que nos permitió reconocer al país desde el que derivase un proyecto. Y así se hizo.

Fundamos Brasilia con Lucio, Oscar, al sonido de Jobim y Villa Lobos ilustrados por Portinari en el “sertão” de Glauber Rocha.

Pero aún respirábamos los vapores del paraíso cuando las manzanas caídas indicaban años difíciles para una segunda modernidad, cuando se produjeron las desapariciones políticas, los disparos en los estadios se hicieron posibles y las aguas del Plata se llenaron de cuerpos arrojados desde aviones militares.

Las primeras huellas de otra devoración, otro canibalismo, comienzan a insinuarse.

Se instalan con las purgas de los intelectuales, los exilios políticos, el silenciar de la prensa, las canciones y lo que era la fuerza inventiva en el esqueleto de la cultura se fragmenta por la imposición de una fuerza represiva heredera de un positivismo tecno-militar, devoradora de la condición esencial de la invención en el ejercicio de la cisión y el miedo como una traducción del conflicto político intrínseco a la pregunta antropofágica: “¿Tupi or not Tupi?”

Instalación de un vacío universal dentro del cual no se avistan salidas, solo disolución, ruptura de una crítica orgánica a una totalidad histórica, ruptura entre la reinvención de la cultura y su poder político.

Un nuevo movimiento contamina la inteligencia contemporánea: la autofagia.

Disolución letárgica de sí mismo. Impotencia crítica. Muerte de la invención.

En medio de todo esto, el Oswaldiano Teatro Oficina de Zé Celso, el Tropicalismo de Caetano Veloso, relanzan en los años 60 la pregunta antropofágica en medio de una diferencia fundamental: ya no se trataba de construir una singularidad, sino de afirmarla frente al silencio, el vacío, la ausencia del destino.

La antropofagia ahora se presentaba como resistencia, no como propuesta. Como un reconocimiento de sí mismo, no en el sentido de una revolución estética política, sino en un sentido más grave, en oposición al Otro inserido dentro de uno mismo. Al diluir su dimensión política, había perdido la cohesión y la fuerza de identidad y advertía la tensión irreconciliable en respuesta a la pregunta bipartita inaugural, “Tupi or not Tupi”: disolución y vacío, punto cero de nuestra autofagia.

Cartel publicitario de la exposición celebrada en MAM-RJ sobre el movimiento cultural Tropicália.

Cocinamos la gallina de los huevos de oro.

Un escenario desertificado que atrae para sí mismo los fragmentos dispersos, residuos de inteligencia para convertirlos en masas oscuras, sin forma y sin crítica. El legado antropofágico crítico reemplaza un universo sin sustancia, sin voracidad para la deglución, para la constitución del espíritu.

Se explicita una dialéctica de la devoración.

Armando y desarmando, libertando y confinando los impulsos, concentrando y disolviendo las fuerzas activas de la cultura como producción original en el contexto de las marcas de una ideología política entendida como una amenaza a toda la tiranía.

Tal movimiento autofágico era apenas identificable como un proceso subyacente a las promesas paradisíacas impulsadas en nuevas metrópolis y los sistemas aún primarios de integración tecnológica a través de la televisión, ahora amplificados en centros digitales de control global. Se trataba de un espacio donde todas las matrices históricas de la cultura, incluida la antropofagia, parecían adormecerse para siempre bajo los placeres imaginarios del futuro.

Este es el espacio de un tercer movimiento de la modernidad: a la autofagia se le sumaba el letargo, la ausencia de movimiento, la parálisis absoluta, la impotencia.

Así, presenciamos el gran incendio del Museo Nacional, los 60.000 asesinatos anuales, la degradación del Amazonas, el vaciamiento de los mares, los residuos urbanos habitados.

Es emblemático: los Cantos originales de Villa Lobos, realizados sobre los primeros audios de música ritual indígena ardieron con el Museo.

Tupi o no tupi es un diálogo inerte consigo mismo.

Estamos inmersos en un irracionalismo regresivo de irrupciones políticas prehistóricas, un resurgimiento de la predicación religiosa, una moral ancestral, un mesianismo acompañado de la impotencia crítica de los sectores más lúcidos de la sociedad, acompañado de una audiencia letárgica que solo observa el movimiento bajo el asombro indescriptible de lo patético, no se mueve, no se hace oír para enfrentar el oscurantismo e irracionalismo en el que se basan todos los fascismos.

Tupinamba, Fiesta caníbal

No estamos ante un proyecto, estamos ante el futuro como virtualidad y delirio.

Este es el reino de Tupinambá, la tercera etapa antropofágica donde no se plantea la deglución del otro como fuente o resistencia emancipadora, sino la de sí misma como autofagia, la parálisis como instancia de impotencia y vacío y, por último, la universalización política de lo patético, la risa burlesca ante la banal imponderabilidad del mundo y de las formas acabadas de su teatro de lo absurdo.


Siete intelectuales frente a un mundo en disolución: EPÍLOGO

Siete intelectuales latinoamericanos -dos brasileros, tres mexicanos, un norteamericano, y  un español-, expusieron sus perspectivas con relación a las encrucijadas sociales y los retos planetarios actuales, que se vuelven tangibles en las fronteras de los estados nacionales. Estas intervenciones se realizaron durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2019 y en La cebra que habla publicamos algunos apartes de las intervenciones llevadas a cabo por el grupo de Crisis y Crítica con motivo de su reunión del año 2019, durante la Feria. Esta entrada finaliza y condensa lo que publicamos durante el mes de enero del 2020.

VII

PRESENTACIÓN DE LA CUARTA EDICIÓN DE EL CONTINENTE VACÍO

Feria Internacional del Libro; Guadalajara, 5 de diciembre, 2019.

El continente vacío fue la coronación de años de viajes por las ciudades de América, como joven conferenciante, escritor y profesor. También ha sido la expresión de mi fascinación por su naturaleza, sus civilizaciones antiguas y sus culturas modernas; y de mi angustia frente a su continuada destrucción ecológica, social y cultural.

Este ensayo se articula en torno a tres temas principales. El primero de ellos es negativo. Puse de manifiesto la destrucción colonial de las grandes civilizaciones americanas y millones de vidas humanas como el cumplimiento, bajo la espada hispánica, de la teología política de San Pablo y su instauración en el Imperio Romano-cristiano.

Con esta crítica esclarecí el significado de la llamada teología de la liberación cristiana como teología política de la colonización y destrucción de las grandes civilizaciones Azteca, Inca, Maya, Hopi, Guaraní o Yanomani.

El segundo motivo de mi ensayo es plenamente afirmativo. Es una revaloración del Inca Garcilaso, que rompe con su tergiversación nacionalista como patrón del mestizaje colonial peruano.

Contra esta visión provinciana reconstruí a un Garcilaso que, en sus Comentarios reales, había articulado la cosmología Inca con el neoplatonismo del filósofo sefardí Leone Ebreo, y de su síntesis, en sus Dialoghi de amore, del esclarecimiento medieval hispano-islámico, con la espiritualidad de la cabala hispano-judía. Y llamé la atención sobre la íntima relación intelectual de esta obra de Garcilaso, el primer proyecto de restauración hermenéutica de las culturas antiguas de América, con el humanismo italiano del siglo dieciséis.

La tercera y última parte de El Continente vacío es, nuevamente, negativa: reconstruye la continuidad tanto lógica como logística entre la teología política de la colonización y las epistemologías científicas vinculadas al imperialismo industrial moderno.

En la foto, Eduardo Subirats. Tomada de zasmadrid.com

Nunca me he ocultado que estos tres argumentos iban a chocar violentamente con el nacional-catolicismo español. Primero: el credo católico no puede admitir en modo alguno lo que, sin embargo, el propio Fray Bartolomé de las Casas o Casaus tituló “la destrucción de las Indias”: las masacres, la tortura, la esclavitud y la muerte, diseminados en nombre de la cruz. Segundo: el nacional-catolicismo tampoco puede aceptar que la península ibérica haya albergado en los siglos doce y trece el florecimiento de las culturas hebrea e islámica, con las que no podía competir ni espiritual, ni científicamente; mucho menos es capaz de admitir que este auge cultural despertara el nacimiento de la Europa moderna más allá de los Pirineos.

Algo semejante puede señalarse con respecto a la continuidad histórica entre el colonialismo eclesiástico y el colonialismo industrial: no por más obvia, este continuum histórico de los procesos ecológicos y culturales de destrucción es silenciada obstinadamente por los departamentos latinoamericanistas estadounidenses.

Son significativas las censuras que han rodeado a El Continente Vacío. El nacional-catolicismo destruyó su primera edición, en el Madrid de 1993, tras defenestrar a su editor argentino Mario Muchnik. Princeton University la rechazó porque estaba demasiado apegada a las tradiciones críticas de la intelligentsia latinoamericana, de Ángel Rama a Eduardo Galeano. Lo rechazó asimismo por no pagar el debido peaje a los postcolonial studies. Finalmente, la editorial germana Hanser Verlag también la dejó de lado porque mi reconstrucción teológica implicaba a la financiación alemana de las empresas de conquista bajo el reinado de la casa de Habsburg.

Presento hoy la cuarta edición de este libro en la mejor de las ocasiones: el Quinto Centenario de la invasión española de México. Permítanme un último comentario para terminar. El anuncio de este evento levanta la “conciliación” como estandarte. Sin embargo, nunca habrá conciliación sobre la base de la falsificación de la historia. La invención de la Raza de bronce por Vasconcelos fue una de esas falsificaciones, porque ocultaba la violación masiva de mujeres indígenas por parte de los conquistadores españoles. Llamar teología de la liberación a las estrategias de control, tortura y muerte por los tribunales coloniales de la Inquisición, llamar liberación a la sistemática destrucción de cientos de miles de códices y representaciones sagradas, y llamar liberación a la imposición general de un orden moral basado en la obediencia y la servidumbre, han sido crasas falsificaciones de la historia americana.

Presentación de El continente vacío en la FIL Guadalajara, 4 de diciembre-2019.

Por ese motivo, y como intelectual exiliado por la intolerancia castellana, aplaudo y me solidarizo con las palabras del Presidente de México, Manuel López Obrador, exigiendo a la monarquía española el reconocimiento de la destrucción sistemática de las culturas antiguas de América, de sus dioses y sus templos, y de la eliminación de millones de vidas humanas que representa el año nefasto de 1492 (año de la destrucción final de la cultura hispanoárabe, del incendio de la biblioteca árabe de Granada y la prohibición de la lengua árabe, año de la expulsión y persecución de los hispanojudíos, y de la prohibición de la lengua hebrea, año cero del incendio de miles de códices y del genocidio cristiano de las Américas).

Me solidarizo con esta demanda del pueblo mexicano con la conciencia de que una monarquía de tradición absolutista difícilmente puede cuestionar, y menos aún transformar, su trasnochada identidad imperial.

VIII

ELITISMO PARA TODOS

EL CONTINENTE VACÍO

Fernando Solana Olivares

En la imagen, Fernando Solana Olivares

Una historia de nuestros días, así aquellos años sean tan anteriores a estos. Un proceso todavía en curso, aunque haya ocurrido quinientos años atrás. De eso trata El continente vacío, un libro hasta hoy fuera de mercado, a pesar de dos ediciones conocidas, con la leyenda a cuestas de haber sido invisibilizado por incómodo y revelador, por analizar críticamente uno de los hoyos negros de la historia hispanoamericana, el más atroz sin duda: la conquista española.

El arco que esta obra historiográfica y filosófica cubre es extenuante. Pareciera que antes de Eduardo Subirats no se hubiera hecho una lectura tan debidamente intelectual y creativa, yendo a las fuentes de ese más que esperpéntico proceso histórico, considerando de nuevo a pensadores americanos omitidos por el asfixiante proceso cultural impuesto por los invasores, volviendo a leer las huellas de una conquista cuya crueldad fue un holocausto, y los pliegos del horror, los anales que lo documentaron.

Sujetando esto a un marco reflexivo sobre la violenta teología cristiana, la violenta expansión colonial del Occidente cristiano, la violenta intención doctrinal de establecer una uniformidad planetaria, una Guerra Santa, como la llama el autor, se deja correr la amarga narrativa del proceso de la conquista y el incontable sufrimiento indígena. Se muestran los principios de control y dominación metafísicos, colonizadores y materialistas heredados del orbe cristiano, aquellos que llevarían a establecer lo que Subirats describe como “la expansión imperialista de un delirio de salvación trascendente”. Con las categorías de control necesarias: culpa, pecado, expiación, paganismo, barbarie, herejía, condena, demonialidad.

Actúa en esto el vaciamiento que el concepto cristiano de civilización planetaria lleva implícito: si sólo hay un dios que es el único dios, todo lo demás puede colonizarse, destruyéndolo porque está hueco de vida auténtica. Es una naturaleza externa sujeta a explotación. De ahí el entendimiento del Nuevo Mundo como un continente vacío de genuinos seres humanos, de instituciones y comunidades con legitimidad propia, de memorias históricas y epistemologías humanas válidas, de dioses sofisticados y lenguas complejas, de formas culturales inmemoriales y muertos inolvidables. Para los conquistadores representa un espacio tiempo vacío que hay que fundar otra vez. Tal vaciamiento alcanza la estructura del sujeto moderno, ese Yo vacío (“fortaleza vacía”, lo describe el autor) que se desprende del racionalismo cartesiano.

Subirats explica que la homologación uniforme de las culturas históricas en la civilización industrial no puede separarse del sujeto moderno, que se construye mediante un Yo dominador y racional, exiliado de la comunidad y de la naturaleza, viviendo en su propia interioridad. Es la conciencia moderna cristiana y su principio de redención la que devasta la identidad humana ofrecida por el tiempo, y entonces deja de haber patria, historia y comunidad de las almas. Surge un nuevo sujeto alentado por el dios cristiano, quien es un señor del aislamiento, de la disgregación.

Subirats piensa en alemán y escribe en español. Así, una lógica rigurosa y lacónica sostiene esta obra, no totalizante pues nada puede serlo, menos ahora en la relatividad posmoderna donde no hay últimas palabras, pero radicalmente crítica, conmovedora y original. El prólogo del libro comienza siendo narrado en primera persona. Luego se transformará en un ensayo de inusual alcance, de meticulosidad y rigor formal ejemplares, una profusa red de vínculos causales escrita en tercera persona. Lo que los antiguos llamaban erudición.

Lo que un moderno llamó rodear un objeto para verlo en su reverso, en su desfiguramiento, en su deconstrucción.

El continente vacío es un libro lúcido, amargo y harto doloroso. Los tantos testimonios de abundantes autores que muestran el infierno hecho vivir a los indígenas por los bestiales conquistadores son lacerantes. El dolor de un mundo catastróficamente destruido por una moral cristiana que justificaba el sacrificio, el patetismo de una tragedia clásica consistente en el paso repentino de la felicidad (un mundo ancestral, propio y conocido) al de la infelicidad de los súbitos vencidos. Hechos esclavos por unos pocos demonios que poseían el nuevo orden de la violencia cristiana, mitológica, científica y patriarcal.

“La conquista y colonización de América —escribe Eduardo Subirats— no fue un simple juego de representaciones, ni la obra sagaz del genio comunicador de la Iglesia o de los conquistadores cristianos. Fue fundamentalmente un acto de negación, de no-reconocimiento teológico, filosófico y ético de la existencia americana, fue un postulado eficaz de destrucción militar, social, económica y también espiritual”.

Al terminar el libro, el ensayista afirmará que no deben de ser los momentos de “provocación o pesimismo” lo central de su relato, sino el intento de restauración de un espacio comunitario a través de una voz crítica. La del Inca Garcilaso, una síntesis que Subirats comprenderá como posible.

Entonces el proceso de hace cinco siglos sigue en curso, es una historia vigente aún.


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